








Libélula tornasolada, verdes, azules, dorados colores la adornan. Disfruta revoloteando y mostrándose ante nuestros ojos como un prodigio de delicadeza y elegancia. Cazadora incansable, nos libera de moscas, mosquitos, tábanos, algunos bastante más grandes que ella.
Así, rodeados de montañas pasamos dos días de la convalecencia del pie. Ya que no pude pisarlas, las pude ver. Y ellas, fantásticas como siempre, tuvieron el detalle de aparecer entre la niebla como si de una estrella de rock se tratara. Niebla gruesa, compacta, que más parecía una manta; se transformaba después en jirones, leves, transparentes, que de pronto se elevaban o se escapaban por las canales dejando que disfrutasemos de los bosques encaramados entre la blanca caliza, de los picos y agujas y jous.
Creo que en el fondo llevé el pie para que se animase y decidiera mejorar todo lo rápido que pudiera, pues no pienso claudicar y he decidido que volveré a calzarme de montañera y volveré a subir a alguna majada, a algún refugio y si se puede intentaré tocarle la pared al Picu.
Por ahora y con ayuda de la muleta llegué hasta los túneles del Cares, hacía muchos años que no estaba en Caín y el cambio que dió es tremendo. La primera vez fui con mi padre y hermano, hará más de 40 años, comimos en el bar del pueblu, patates con huevu y chorizu que nos supieron a gloria y luego nos metimos en el río a mojarnos los pies, ¡el agua estaba helada!. No había calles asfaltadas como ahora, eran caminos de tierra y piedras; los cainejos supongo que estarán encantados con los cambios, pero el pueblo perdió aquel halo de pueblo perdido, incomunicado y virgen, al que sólo llegaban los que se aventuraban a hacer la hermosa por los siglos de los siglos Senda del Cares.